Las cábalas argentinas en los Mundiales: desde la «secta» de Bilardo hasta el ayuno de Sampaoli

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El libro Cábalas del fútbol, de Ricardo Gotta, repasa rituales y creencias del deporte y sus circunstancias. Tres historias de técnicos argentinos en la coyuntura de un Mundial, entre el señor de las cábalas y la procesión del diez.

Argentina no gana ningún título de selecciones mayores desde 1993, 25 años de maldición, un cuarto de siglo de sequía. Perdió siete finales consecutivas: dos Copas Américas contra Brasil y dos contra Chile; dos Copas Confederaciones, una más contra Brasil y otra ante Dinamarca; y un Mundial superado por Alemania. En las últimas tres finales jugó seis horas sin convertir goles. Pero, por alguna razón, el futbolero cree que la eternidad de la derrota es culpa suya.

El prólogo del libro Cábalas del fútbol, de Ricardo Gotta, intercala el negro de esas estadísticas con elucubraciones, supersticiones, preguntas retóricas de este maleficio. Sugiere que el fútbol deciden las estrategias, los planteos tácticos, las ideas, los goles y algo más: brotes y creencias de fuerzas sobrenaturales que sobrevuelan los estadios. Estima que la pelota puede moverse «al influjo del talento de quien la patea» o bien puede ser manipulada «por ascendencia de poderes invisibles».

El fútbol reviste una contradicción: asume una elevada cuota de azar y un arraigo intransferible de supersticiones y cábalas. El futbolero (vale para hincha, jugador, técnico o dirigente) quiere convencerse que de respetar una serie de rituales el fútbol retribuirá con un resultado favorable. A pesar de que sepan -porque en el fondo lo saben- que sus cábalas carecen de rigor científico, de seriedad y de intervención directa.

El libro narra la argentinidad y el fútbol con el tamiz de las cábalas. O viceversa: recorre las cábalas atravesadas por la argentinidad y el fútbol. Y en épocas de Mundiales, donde los ritos se universalizan y contagian a los no futboleros, las cábalas trascienden. Los cabuleros sostienen que las cábalas no se confiesan: aquí una serie de creencias argentinas en Mundiales, de Bilardo, Maradona y Sampaoli.

La secta del Mundial ’86

Ricardo Giusti era el encargado de dejar un caramelo en el centro de la cancha: todos los partidos lo mismo. «Eso no era nada: tomábamos mate siempre a la misma hora, en el ómnibus íbamos en los mismos asientos…». Calificó la doctrina que adoptó el plantel del Mundial de México 1986 como «una secta en la que Carlos Bilardo era el gurú«. El Gringo reflexionó, 32 años después,: «Hoy me resulta increíble que hiciéramos todo eso pensando que así íbamos a ganar un partido o un campeonato. El cuerpo técnico estaba tan compenetrado con las cábalas que no había ninguna posibilidad de romperlas u olvidarnos de alguna de las miles que teníamos».

Argentina salió campeón del mundo por última vez ese año. Habrá sido por la disciplina con las cábalas o por el mejor Maradona de todos los tiempos, nunca se sabrá. Lo cierto es que ese campeonato doctoró a Bilardo como el señor de las cábalas. Su obsesión por los detalles, que lo llevó por ejemplo a entrenar los festejos de los goles porque según él «después quedás mal parado», también entendía de rituales pequeños pero simples: «No vaya a ser cosa que después la pelota pegue en el palo y se vaya afuera«.

Bilardo no dormía por la excitación que le generaba el Mundial: sólo se acostaba de 14 a 16. Los días previos a cada partido llamaba a su esposa Gloria siempre a las 17 en punto. Carlos Tapia se afeitaba los días del partido aunque no tuviese barba. El técnico le pedía prestado el dentífrico al Tata Brown, aunque tuviese uno en su cuarto. En el libro El Partido, de Andrés Burgo, Brown contó otra cábala que lo incluía: debía atender un teléfono público en el vestuario antes de que comenzara cada partido. Pasó en el debut ante Corea de casualidad y luego se repitió hasta la final: «Decía ‘hola’ y del otro lado nunca nadie me respondía, así que yo ahí decía ‘ah bueno, andá a la puta que te parió’ y cortaba».

Un grupo de ocho jugadores tenía que comer comida chatarra en un shopping como parada obligada. Julio Olarticoechea contó que pasaron por una hamburguesería dos días antes del debut mundialista: «Ahí empezamos a joderlo a Bilardo, que no quería saber nada con la comida chatarra, pero lo terminamos convenciendo. Se dio que ganamos. A partir de ahí, antes de cada partido era obligatorio ir a ese mismo shopping, las mismas personas que estábamos el primer día y comer hamburguesas, papas fritas y panchos. Eso quedó como cábala, inamovible».

Jorge Valdano reconoció que en el micro tenían que escuchar tres canciones completas: «Total eclipse of the heart» de Bonnie Tyler, «Eye of the Tiger» de Survivor (Rocky III) y «Gigante chiquito» de Sergio Denis, que debía terminar en el mismo momento en el que el micro paraba en la puerta del estadio. En la final contra Alemania, el operativo policial fue tan efectivo que el traslado hacia el estadio Azteca no iba a durar lo suficiente para que se cumpliera el rito: por expreso pedido del plantel, el chofer transitó esas cuadras a paso lento, a pesar de las quejas de los oficiales que escoltaban el micro.

Maradona salía primero a la cancha, Pumpido iba detrás y tercero Cuciuffo; cerraba la fila Burruchaga, quien recibía una palmada de Bilardo, el último argentino en saltar al campo de juego. Maradona solía dibujar una figura humana con los botines, las medias, el pantalón y la camiseta en el vestuario como antesala a cada encuentro mundialistas, en la que se venía reflejado y que lucía inmaculada, interrumpiendo el paso de aquel que quiera cruzarse. Maradona, el mejor futbolista de México ’86 y probablemente de la historia, también apelaba a estos recursos místicos para hacer lo mejor que sabía hacer.

La procesión del Diez

Sudáfrica 2010. El tránsito inicial alimentó un sueño colectivo. Pasaron triunfos con solidez ante Nigeria, Corea del Sur y Grecia. «La desconfianza primaria en la Selección fue mutando en un apoyo popular robusto, fundamentado en los resultados, y claro, también, por el influjo maradoneado. Para bien o para mal, ese equipo fue a imagen y semejanza de su conductor técnico», ensaya Gotta en su publicación. Una secuencia de hechos se repitieron cada vez con mayor intensidad luego de debut, triunfo tras triunfo.

La procesión consistía en salir a respirar la cancha un par de horas antes. «Los primeros pasos al son de los aplausos y alentando el sonido de las benditas e insoportables vuvuzelas. La caminata lenta y con varias estaciones, en un momento pasaba por el círculo central y daba varios giros en torno a él. Recién ahí caminaría hacia dos citas impostergables y siempre bien recompensadas: la charla con Fernando Niembro y Sebastián Vignolo para la previa de la transmisión de Telefé y luego con Sergio Goycochea para la TV Pública».

Fernando Molina tenía que preparar el escenario posterior: el ritual se completaba con un salud a Benjamín, su nieto, a Verónica, su novia, o a sus propias hijas, con quien se volvió rutina realizar un llamado antes del mediodía. El libro repasa la liturgia previa a cada partido del Mundial 2010: Maradona de maestro de ceremonias en la orquesta de los hinchas argentinos que alcanzaban la emoción del entrenador cuando una lámina impresa de la tapa de un diario de época lucían él, la copa y la leyenda «Argentina Campeón México 1986».

El hambre del DT

Argentina empató 0 a 0 con Perú el 5 de octubre de 2017. A falta de una fecha para el final de las Eliminatorias, quedaba afuera de la zona de clasificación. Necesitaba ganar sí o sí en el último partido del certamen ante Ecuador, a jugarse en cinco días. Gotta relata en su libro que un sector del cuerpo técnico decidió que iba a dejar de comer sólido tres días antes del duelo definitivo.

Y que la otra mitad había prometido participar de una maratón de 42 kilómetros que finalmente no corrió. Jorge Sampaoli, en cambio, se alimentó a sopa y yogur en Guayaquil, durante tres días, a pesar del calor. El juramento, ofrenda o cábala contó con la contribución cabal de Lionel Messi: tres goles y el pasaje a Rusia. «Se lo veía circunspecto durante las horas anteriores al juego. Creían que estaba consustanciado con la situación. Hasta que se desahogó: ‘Me estoy cagando de hambre’. Y se fue a tomar mate».