Music Wins: los cinco mejores shows del festival

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Primal Scream


Bobby Gillespie, de Primal Scream.
Foto: Anabella Nolasco

En la recta final del Music Wins, Primal Scream se inclinó hacia su versión más cruda, en oposición a la vertiente bailable de Screamadelica, el clásico de 1991 en el que lograron sintetizar rock y acid house. Reducida a su versión de guitarra, bajo, batería y teclados (es decir, sin los coros, vientos y percusiones que suma en sus shows más ambiciosos), la banda se apoyó en la guitarra arrogante y arengadora de Andrew Innes durante la mayor parte del recital. Y, cuando acudió a su disco más emblemático, lo hizo en un tono mucho más relajado: la balada «Damaged» fue aún más triste gracias a la guitarra melancólica de Kurt Vile, que subió al escenario como invitado, y «Higher Than the Sun» sonó en una versión etérea, como si la banda hubiera tomado un frasco de tranquilizantes.

Air


Jean-Benoit Dunckel y Nicolas Godin.
Foto: RollingStone/ Agustín Dusserre

Después de la crudeza de Primal Scream, Air fue el cierre de una larga jornada musical. El dream pop de los franceses bajó las revoluciones de manera ordenada, pero el chill onírico de «Cherry Blossom Girl» hubiera sido otra cosa si unas buenas visuales completaban el viaje. Llegados para presentar Twentyears -el álbum que compila sus primeros veinte años de carrera-, en el vivo Jean-Benoit Dunckel y Nicolas Godin sólo toman una parte de su discografía para revisitar. De Talkie Walkie (2004) van para atrás y la fuerza de su setlist remonta la adversidad de no tener unas buenas pantallas. «How Does It Make You Feel» y «People in the City» de 10 000 HZ Legend y «Highschool Lover» del soundtrack de Las vírgenes suicidas -la película de Sofía Coppola- convivieron con el protagonismo de las piezas de su ópera prima, Moon Safari: «Kelly Watch The Stars», «Sexy Boy» y el cuelgue narcótico y podrido del final de «La Femme d’Argent» hicieron olvidar, sólo por un rato, que en un par de horas gran parte de las miles de personas que estuvieron en Tecnópolis tenían que ir a trabajar.

Edward Sharpe and the Magnetic Zeros


Alex Ebert, de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros.
Foto: RollingStone/ Agustín Dusserre

Alex Ebert de Edward Sharpe and The Magnetic Zeros arrancó su show sentado en el piso del escenario y tomando vino de la botella, pero no había pasado ni un minuto cuando protagonizó el primer stage diving del festival. Al frente de una banda de nueve personas (con dos baterías) que pasa de los ritmos circenses a los largos cuelgues instrumentales sin problemas, Ebert oficia de maestro de ceremonias, pidiéndole a sus músicos que suban o bajen la intensidad de acuerdo al momento, y al mismo tiempo manteniendo un diálogo fluido con el público: no solo bailó en primera fila, sino que le cedió el micrófono a un par de voluntarios para que improvisen versos sobre sus temas. «¿Son amigos de mí?», preguntó en un español tosco promediando el show, y se llevó la primera gran ovación de la jornada.

Mac DeMarco


Mac DeMarco.
Foto: RollingStone/ Anabella Nolasco

Después de Anton Newcombe, que dijo mañana iba a pasear por Buenos Aires y pidió no ser molestado en caso de que se lo encuentren por la calle («porque es mi día libre»), Mac DeMarco subió al escenario contiguo con una actitud casi opuesta al líder de BJM. «Si me ven no sean tímidos», dijo el canadiense en una pausa de su set. Una de las tantas. Su show tiene mucho de sala de ensayo: se va por las ramas en charlas con el guitarrista Andrew Charles White, se saca las zapatillas, se pone una toalla en la cabeza, le dedica temas a su novia Kiera, la invita a gritar al micrófono por tres segundos y la carga a cococho.

En este contexto, se permite colar algunos momentos de improvisación, un tema dedicado a su sonidista y un cover de lo que parecía ser «Shut The Fuck Up» de Limp Bizkit a duo con White. Son distracciones de la sustancia de su repertorio: sus piezas pop psicdélico y lo-fi. Pero es un tipo enamorado.

The Brian Jonestown Massacre


Anton Newcombe, de Brian Jonestwn Massacre.
Foto: RollingStone/ Anabella Nolasco

En su primera visita a Buenos Aires, The Brian Jonestown Massacre repasó su extensa discografía a través de una selección de canciones-mantra que definen a la perfección el sonido de la banda, entre el rock fumón, el shoegaze y la psicodelia stone. Vestido íntegramente de blanco, con una camisa holgada y un chal, Anton Newcombe parece el líder de una secta, y algo de eso hay: el cantante, guitarrista y compositor es el único miembro estable del grupo, en buena medida gracias a un temperamento inestable que quedó retratado en DiG!, el documental estrenado en el BAFICI 2005 que retrata el ascenso de los Dandy Warhols en paralelo a la caída de BJM, y que inició un pequeño culto a la banda en nuestro país. Como complemento a los nombres fuertes del Music Wins, el show de Brian Jonestown Massacre tuvo el gusto especial de las deudas saldadas.

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