Flaming Lips: homenaje a Bowie y psicodelia blanda

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En algún punto entre Ziggy Stardust y Maurice Sendak, entre Yo Gabba Gabba! y Pink Floyd, los Flaming Lips ofrecieron en el BUE la versión corta de su show de variedades y fábulas psicodélicas, con un Wayne Coyne haciendo esfuerzos visibles para encontrar el punto G de un público de intensidad media. Coyne cumplía con esa tarea desde el centro del escenario -abrigado con un tapado de plush, envuelto en una capa de tentáculos luminiscentes de medusa, subido a los hombros de Chewbacca como un caballero interestelar del Medioevo- o bien rodando sobre las manos de los espectadores dentro de su ya clásica pelota gigante, en este caso para cantar una versión de «Space Oddity» muy parecida a la original. Más allá del homenaje al inolvidable Bowie en boca del bubble boy de Oklahoma, no parece casual la elección de la historia del Major Tom -un astronauta malogrado y convertido en héroe poético astral- en un set de una hora clavada que empezó con la gran «Race for the Prize» (de su cumbre The Soft Bulletin, 1999), una pequeña maravilla pop que habla de dos científicos que entregan la vida para encontrar la cura a una enfermedad y en la que el narrador baja los decibeles del martirio heroico: «Son sólo humanos con mujeres e hijos». De ahí a la melancolía futurista de «Yoshimi Battles the Pink Robots, pt. 1», la marcha espectral «The Gold in the Mountain of Our Madness», con ese teclado obsesivo de cajita musical y un Coyne que de pronto parece cantar a lo lejos, y el final con «Do You Realize??», ese himno en el que los Flaming Lips se vuelven más livianos que el aire. Una levedad acorde con la filosofía de una banda que estrenó sus nuevas canciones en clases de yoga.


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