La troika de la posguerra en Siria y todos los laberintos de Trump

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La troika de la posguerra en Siria y todos los laberintos de Trump

PANORAMA INTERNACIONAL

La política internacional parece un espacio muy complejo para un líder sin pensamiento estratégico como el exiguo Trump

Vladimir Putin, presidente ruso. Reuters

Vladimir Putin, presidente ruso. Reuters


  • Marcelo Cantelmi
  • Editor Jefe sección El Mundo

  • @tatacantelmi

    mcantelmi@clarin.com

Estos días la historia se ha empeñado en una didáctica elocuente sobre la configuración del mundo que se viene. Mientras la humanidad se conmocionaba con los atentados en Alemania y Turquía que alzaron la vara de la inseguridad y añadieron letra al nacionalismo inclemente de estas épocas, una cumbre en Moscú el martes avisaba a Occidente que las cosas ya no serían como antes. En ese encuentro, casi una Yalta en miniatura al estilo de la conferencia que edificó el futuro de la humanidad tras la Segunda Guerra, Rusia, Turquía e Irán se exhibieron en un nivel por cierto más módico pero como los arquitectos de la posguerra en Siria que es mucho más que el futuro de ese estratégico país árabe. En esa mesa no estaban ni EE.UU. ni Europa., ni estarán, parece claro.

Fue una reunión clave realizada cuando aún no se enfriaba el cadáver del embajador ruso en Turquía asesinado por un policía de pasado golpista y gestos alineados con lo que queda del extremismo de la banda Al Qaeda, enfurecido por la acción de Moscú en Siria. La cumbre exhibió que esa gravísima muerte no quebraba la nueva sociedad estructurada entre Ankara y Estambul, como quizá pretendieron quienes movieron la mano del asesino. Precisamente por eso, el propósito del encuentro fue mucho más ambicioso.

Irán alineado con Rusia y también con Turquía, se subió al podio exhibiendo su derecho a repotenciar el control sobre su patio trasero sirio. Además, envió un mensaje concluyente sobre los nuevos tiempos a sus enemigos regionales, Arabia Saudita y en parte Qatar o la propia Israel. Pero también a Estados Unidos a punto de cambiar de comando este enero. Turquía, a su vez, ha sido miembro de la alianza atlántica OTAN los últimos sesenta años y es la segunda fuerza militar de ese acuerdo de mutua defensa que lidera Washington. Pero, se abraza ahora con Moscú, el principal ganador en ese capítulo de las guerras de Oriente Medio.

La condición estratégica de Siria explica la extensión que ha tenido el conflicto en ese país que es el caso con mayor número de muertos y desplazados de la saga de la Primavera Arabe. Sobre esa enclenque nación, la única con una dinastía laica aún al mando, se libró, y aun hay destellos, un choque de predominio entre las potencias regionales, con enorme participación en ese entuerto de Occidente. Los grupos yihadistas como el propio ISIS o Al Nusra, auto rebautizado ahora como Jabhat Fateh al Sham, profundamente antidemocráticos y fascistas (salvando el europeismo del concepto pero útil para la caracterización), y también el prooccidental Free Syrian Army, que se mezcló con los integristas al costo de su identidad, han sido ejércitos mercenarios de esa pelea en nombre de otros. El atentado con el camión en Berlín es apenas un ejemplo de los costos que conlleva jugar con esos fuegos.

Cuando Rusia en 2015 entró de lleno en la batalla, cambió de modo radical el cuadrante. Lo hizo con los métodos clásicos de demolición y masacre usuales en el estilo de Vladimir Putin como exhibe la foto actual de Aleppo. Muchos dirigentes mundiales deberían admitir, sin embargo, que el líder moscovita hace rato que dejó de ser el único con estas preferencias bárbaras.

Ese respaldo devolvió la iniciativa al régimen de Bashar Al Assad que ya no la perdió. Es interesante recordar que Turquía fue, por entones, la encargada de intentar ponerle un límite al impetuoso autócrata ruso. Y lo hizo derribando sin miramientos un avión de guerra del Kremlin como advertencia para que se retire de Siria. El riesgo de una guerra entre esos dos gigantes fue un dato claro del momento. La crisis coincidía además con una histórica animosidad contra Rusia en las fuerzas armadas y de seguridad turcas.

Pero el otro autócrata de esta película, el turco Recep Tayyip Erdogan, que apoyó a las milicias yihadistas contra Assad, acabó leyendo la historia con su propia calculadora. En mayo de este año despidió a su leal primer ministro y antes canciller, Ahmet Davutoglu que había defendido el derribo del avión ruso, le pidió disculpas al Kremlin y buscó una alianza que dejó impávido a Occidente y despertó recriminaciones de sus aliados de la OTAN. Erdogan entendió que para estar dentro de la historia, es decir preservar sus intereses regionales, sobre todo el desafío kurdo, debía cruzar una línea roja. En el estupor interno que causó ese giro habría que rastrear el foco original de la fallida intentona golpista de julio pasado.

The New York Times interpretó quizá mejor que nadie de este lado del mundo la implicancia geopolítica de la cumbre de Moscú: “Perder a Turquía como aliado podría ser otra inaceptable baja de la guerra en Siria”, escribió sin exageración. Pero esto que se ha construido en esa guerra y a partir de la alianza de esta troika es un dédalo para el inminente próximo presidente de EE.UU., Donald Trump. Putin ayer volvió a elogiar al magnate avisándole que Moscú jamás dudo de su victoria a la cual, según el saliente Barack Obama, el Kremlin contribuyó de formas que dejarían en un páramo a los mejores libretistas de películas de acción.

La propuesta del mandatario electo es hacia un vínculo amplio con Rusia, pero no con Irán. Aliado del ala más dura de Israel, que ayer ratificó cuestionando el voto anticolonización de la ONU, Trump pretende poner un limite a la influencia de la teocracia persa, objetivo que no se entiende cómo construirá de la mano de Putin.

Es inevitable suponer que el colega ruso no cederá la relación con Teherán con la que proyecta su influencia desde Damasco hasta Ankara. Al mismo tiempo Trump ha hecho eje de su agenda la batalla por ahora comercial, pero previsiblemente diplomática, con China en la esperanza de romper los acuerdos que Putin ha anudado con la potencia asiática y crear una grieta que desequilibre esos intereses mutuos. Pero ese duelo es otro más que se juega en un espacio demasiado complejo para un político recién estrenado y sin un claro pensamiento estratégico como el exiguo multimillonario neoyorquino.

Pronto descubrirá que China no solo se abraza al Kremlin sino que es un socio creciente de Turquía. Lo es a extremo tal que Erdogan negocia la membresía en la llamada Organización de Cooperación de Shanghai. Este dato es toda una curiosidad. Se trata de un ente multinacional de seguridad al cual están afiliados China, Rusia Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Uzbekistán, India y Pakistán.

Estos países tienen su propio departamento antiterrorista y enfilan esa amenaza junto al separatismo como los mayores desafíos a enfrentar, un interés básico de Moscú y de Beijing. En el caso de la potencia asiática principalmente por el conflicto con Taiwan que el nuevo inquilino de la Casa Blanca no ha hecho más que estimular. Hace tan poco como en agosto chinos y rusos, entre otros de estos socios, unieron miles de soldados en ejercicios militares en los montes Urales, un juego de guerra observado desde lejos.

En síntesis, Turquía, miembro de la OTAN, la alianza que ha desacralizado con tenacidad el propio Trump, quiere formar parte de este otro organismo de seguridad que tiene a Moscú y Beijing como sus referentes principales, es decir que opera enfrente de la alianza atlántica y de los intereses occidentales. No es una cuestión de paradojas, es un mapa que se está construyendo de un modo radicalmente diferente, y que avisa que las cosas no serán tan fáciles de modelar. O más precisamente, que quizá sería mejor ni intentarlo.
​Copyright Clarín 2016


Source: Internacionales