Sexta luna coscoína: Baglietto y Vitale

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Después de la excitación del público y la satisfacción de los organizadores que generó la actuación de Abel Pintos el miércoles, con una plaza colmadísima como nunca antes en este Cosquín 2015, la sexta luna de la edición número 55ª del festival pintaba mucho más serena y con una grilla interesante para disfrutar.

Ante una plaza que presentaba un marco apenas discreto (los más optimistas esperaban una ocupación entre el 40 y 50 por ciento), el comienzo estuvo a cargo de Juan Carlos Baglietto y Lito Vitale, quienes, fieles a su costumbre, presentaron un preciso repertorio popular latinoamericano, en este caso acompañados por finos arreglos de cuerdas y vientos que enriquecieron la propuesta.

La versátil voz de Baglietto pasó de cantar la suave Carcará de Jorge Fandermole a las potentes versiones de Actuar para vivir (Fito Páez) y El surco (Chabuca Granda), entre otros rescates imprescindibles.

Más tarde vendrían Claudia Pirán y un nuevo segmento sinfónico junto a las voces de Ramona Galarza y Facundo Toro, quien además tenía asignado el cierre con su propio show.

Promediando la noche llegarían Jairo y Algarroba.com, el grupo puntano que aportaría una de los pocos momentos de música cuyana (además de la delegación de San Juan) para esta edición. Una lástima privar al público de algunas bellas cuecas y tonadas.

Por la tarde se disputó el clásico desafío de fútbol entre periodistas y músicos, o más bien entre hombres que cubren el evento e intentan jugar a la pelota y la numerosa familia Carabajal. ¿El resultado? 1 a 1, con un insólito penal cobrado a favor de los artistas que siguen sin poder ganar.

Con esta edición en la recta final, el festival se encuentra en un virtual empate técnico en cuanto a la convocatoria. Siempre estuvo claro que la plaza se llenaría el miércoles gracias al fenómeno de Abel Pintos, pero las taquillas del lunes (algo más de 5.000 entradas vendidas, un 60 por ciento de ocupación) que tuvo a Sergio Galleguillo, Bruno Arias y Los Carbajal como números fuertes y la del martes (poco más de 6.000) con Los Tekis, Coki Ramírez y el Dúo Coplanacu, cumplieron las expectativas, sobre todo para cómo venía barajado el festival.

En cambio, las noches del primer fin de semana estuvieron bastante por debajo. El sábado se vendieron 3.000 y hubo muchas invitaciones para redondear un tibio 50 por ciento, con una Soledad que ya no congrega como antes. Y el domingo apenas 1.500, aunque paradójicamente fue el día que regaló algunos de los puntos más altos en lo artístico.

Es que claro los fríos números son sólo una parte de Cosquín, o así debería ser. En esa jornada se pudo ver a la orquesta junto a Los 4 de Córdoba, el exquisito homenaje al Chango Rodríguez de la delegación cordobesa y Paola Bernal invitando a José Luis Aguirre, Juan Iñaki y Mery Murúa para pedir que los poetas cantores vuelvan a la plaza con una conmovedora canción inédita.

Otros momentos destacados: la apertura con la Sinfónica, el genuino desparpajo de Bruno Arias, los “Copla” reviviendo su peña desde el escenario, el tributo a Jacinto Piedra por la delegación de Santiago del Estero y algunos valores del Pre Cosquín, que tuvieron más protagonismo que nunca por el acierto de programarlos en la noche más convocante.

Para el olvido lo de Miguel Ángel Cherutti, quien seguramente no regrese, algunos desperfectos de sonido y el despiste del público por las desprolijidades con la televisación.

 

El folklore en el cuerpo

Mientras dura la eternidad de una zamba, la sonrisa es infinita: sólo pude volverse más ancha; nunca apagarse. Es que en la metáfora del juego del amor que propone el baile criollo, muchas veces la gracia está tan implícita que se vuelve explícita en los resplandores que se asoman entre los labios.

A Cosquín hay gente que llega ya con el pañuelo en la punta de los dedos, ansiosa por hacerlo flamear. Es que de todas las cosas que suceden en el festival y que conectan con un abanico de vivencias que tienen que ver con la identidad cultural de este pueblo (desde la música que florece en los paisajes argentinos hasta la ocasión inusual de servirse un locro en cualquier momento), sentir el folklore en el cuerpo es una de las más intensas y que más militantes tiene.

Los bailarines en acción, en estos días del gran encuentro, se cuentan por miles (acaso tantos como los bailarines por omisión) y van ejerciendo su modo de participar allí donde haya una guitarra y un bombo marcando con claridad los ritmos, y un espacio donde desplegar el alma de las piernas.

Puede ocurrir en cualquier sitio: en la calle, donde hay un parlante y un cantor en funciones basta para echar a volar los pies; junto al río, en los balnearios, donde las parejas en traje de baño se sienten más frescas que ningunas; en los patios, donde hay sobremesa con guitarras; y sobre todo en las peñas, los templos de los bailarines.

Son tantos los que atraviesan las calles buscando un lugar donde desplegar sus pañuelos y zapatear con ganas una chacarera. Además de los vocacionales, que vienen a soltar por fin una pasión que no encuentra tanto continente como en Cosquín, están los integrantes de las decenas de ballets que saturan las habitaciones de hospedajes con sus vestidos, y que después van hasta las peñas de vaqueros y marcan la diferencia.

También se baila en la plaza, entre las butacas. En la mayoría de los casos son puñados que se acomodan en los pasillos, pero a veces el cuadro puede ser imponente, como sucedió en el trasnoche del martes cuando el Dúo Coplanacu desató el gran baile. Es que Julio Paz y Roberto Cantos tienen la fórmula de la vibración, como lo han demostrado por dos décadas con su peña, que fue la Meca de la celebración de los danzarines jóvenes y espontáneos, que incluso podían saltearse la coreografía con tal de expresarse.

Bailar con las formas de las danzas criollas tampoco es la única manera de sentir el folklore en el cuerpo. También se lo puede ver aflorar a través de las palmas, en los movimientos de pie junto a plateas y tribunas; o en los padres que mecen a un niño siguiendo el ritmo (es una semilla de memoria afectiva sembrada en un cuerpecito).

La danza está también en la esencia de la reunión que ha consagrado Cosquín. A la hora de considerar el fenómeno, hay que tener en cuenta que el folklore no es sólo para escuchar y saborear, sino también para vivirlo en el cuerpo.

 

Fuente: La Voz del Interior

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