Los mensajes de Roger Waters tras su visita a Argentina

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El ex Pink Floyd hizo su primera presentación en el Estadio Único de La Plata (repite este sábado 10), dentro del marco de la gira Us + Them, y además de una clase magistral de rock, dio una cátedra sobre derechos humanos.

Le dio play al celular y de allí salió “La Memoria” de León Gieco“Los viejos amores que no están, la ilusión de los que perdieron, todas las promesas que se van, y los que en cualquier guerra se cayeron…”, se escuchó en el Estadio Único de La Plata de la mano de Roger Waters. Toda la parafernalia circundante, la pantalla kilométrica, incluso ese británico enorme y talentoso quedaron chiquititos frente al emotivo homenaje. Waters no sugiere, Waters baja línea, y en tiempos de tibios y acomodados, que alguien haga o diga algo porque lo considera justo no es poca cosa.

Antes del guiño a Gieco, Waters agradeció un poncho que le había regalado la familia de un soldado caído en Malvinas. El músico se involucró en la causa por la identificación de los cuerpos de los soldados argentinos sin nombre que yacían en las Islas del Atlántico Sur y mencionó también a Gabriela Cociffi, directora editorial de Infobae, ya que fue ella quien lo acercó a una cruzada que terminó haciendo propia. No dudó en recordar también a las madres de los desaparecidos en la última dictadura y después de todo eso, lloró. “A los desaparecidos no tenemos que olvidarlos ni en nuestra cabeza ni en nuestro corazón”, dijo el músico que, a los 75 años, no se olvida de nadie.

Como banda soporte, había tocado más temprano Puel Kona. Los mapuches mezclan su lengua originaria con el castellano, a lo que suman ritmos de ska, reggae, hardcore y hip hop y le agradecieron públicamente a Roger Waters el haberlos invitado. “Seguimos exigiendo justicia para Santiago Maldonado y para Rafael Nahuel. No queremos más presos ni muertos”,dijeron desde el escenario. Waters les daría su apoyo un par de horas más tarde: “No es fácil para la gente que estaba acá antes de que lleguemos nosotros, hay que darles mucho apoyo porque les sacaron la tierra”.

La niñez, la pobreza, la guerra y la desigualdad fueron temas recurrentes en la estética de este show, como lo vienen siendo desde hace años en la carrera de Roger Waters. Su clásica remera negra y su aspecto despojado contrastaron con el brillo de las dos cantantes en los coros, las talentosas Jess Wolfe y Holly Laessig (del grupo Lucius), que con su look retrofuturista le pusieron purpurina a una formación completamente masculina. Las chicas se suman a Joey Waronker, en batería; Gus Seyffert, en bajo; Dave Kilminster en guitarra, Drew Erickson en teclados, Ian Ritchie en saxo; Jon Carin en guitarras y coros, y Jonathan Wilson en guitarra y voz. Este último fue a quien Waters presentó como “el Señor Paz y Amor” y destacó que toda banda debe tener su hippie, sin dudas Wilson es el suyo.

La lista se paseó entre los clásicos de Pink Floyd y algunos temas de su último disco solista, Is This the Life We Really Want? (2017). Pasaron “Breathe”, “One of These Days”, “Time”, “The Great Gig in the Sky”, con la genial performance de Wolfe y Laessig que nada tienen que envidarle a sus predecedoras Clare Torry y Durga McBroom. Luego llegarían “Welcome to the Machine” y las más recientes “Déjà Vu”, “The Last Refugee” y “Picture that”, con un fondo de filtros saturados en la pantalla y una paradoja de la que es muy difícil no sentirse parte. “Sacale una foto al líder sin cerebro”, incitó Roger mientras se acercaba a una esquina del escenario, tanto que el público se tentó y no dudó un minuto en arrimar lo máximo posible su smartphone para lograr la mejor toma con la cámara. De fondo, aparecía Donald Trump rodeado de chicas hermosas y Waters se burló haciendo la mueca de que se sacaba una selfie, pero no. Él no cayó en la tentación.

Cuando sonó “Wish You Were Here” fue como si alguien, por fin, hubiera encendido la luz en el estadio. El campo y la platea brillaron, pero no eran los focos de la cancha sino los celulares iluminando al líder. De fondo dos manos de yeso se rompían cada vez que intentaban juntarse. La tecnología, el deseo, el estar cerca estando lejos y viceversa… según pasan los años los clásicos de Waters van tomando nuevas connotaciones, pero no pierden vigencia.

Pocas canciones siguen siendo tan actuales como “Another Brick in the Wall”, mientras los colegios sigan teniendo la arquitectura de una cárcel con su patio central y sus balcones que todo lo ven, mientras el contenido que se da en las aulas sea de carácter unidireccional y rígido, los ladrillos seguirán siendo niños en la pared. O ladrillos en los pupitres. El tema que forma parte del disco The Wall (1979) no pasa de moda y así llegaron al escenario del Único, una docena de chicos vestidos de naranja capucha negra, y de fondo la famosa pared de ladrillos. Después de un rato, se sacaron el traje de convicto y debajo mostraron una remera negra con la palabra “Resist”, estampada en letras blancas. Waters aclaró que los chicos eran de Buenos Aires y ellos enseguida avivaron las palmas y el clásico cantito “Olé olé olé, Roger Roger”.

“Este es el final de la primera parte, enseguida volvemos con la resistencia”, dijo emocionado ante una audiencia no menos conmovida. La gente no perdió el tiempo, aprovechó el silencio y comenzó a cantar “¡Mauricio Macri la puta que lo parió!”. Mientras el presidente argentino baraja una posible reelección, el estadio casi entero dejó en claro una posición generalizada. Los olé olé son solo para los artistas, las puteadas son para los políticos.

La segunda parte del show, aunque más corta no fue menos espectacular. Aparecieron columnas que luego se convirtieron en chimeneas. Mientras estas echaban humo, los sonidos aparecían por detrás como ametralladoras, como perros, ruidos que sumaban inquietud a la calma de una canción hermosa. En el primer show de Waters de esta semana todo fue espectacular y conmovedor y el segundo bloque fue dedicado por completo a Pink Floyd.

“Pigs (Three Different Ones)” sirvió de excusa para el disfraz. Con una careta de cerdo, Roger sirvió champán, mientras la banda se acercaba, hasta que alzó el cartel con la leyenda “Pigs rule The world!” (“¡Los cerdos manejan el mundo!”). Sobre el final, se sacó la careta y en una actitud teatral elevó otro cartel: “Fuck the pigs!” (¡Que se jodan los cerdos!). El brindis fue obligado y en un arranque de catarsis, Waters brindó, bebió y arrojó la copa. En la pantalla a su espalda, aparecía Trump vomitando. Con el cuerpo de un cerdo. Manejando un autito de juguete con cara de malo. Persiguiendo un gato. Con un órgano sexual chistosamente chico y los labios pintados. Con cuerpo de bebé. Después de frases horribles del mandatario estadounidense quedó solo una: “Trump es un cerdo”. Así, en español, para que no haya dudas.

Con “Money” la literalidad explotó, mientras los billetes volaban por la pantalla. Chicos pidiendo en la calle mezclados con la indiferencia del presidente ruso Vladimir Putin y la rabia de Donald Trump, la obscenidad al palo en un mundo que no encuentra salida. Si la puerta de escape no es el rock, al menos sí es una ventana y todo lo que pasó en el escenario de Roger Waters y su banda difícilmente se olvide. Después de reproducir con luces láser la pirámide de la tapa del disco The Dark Side of the Moon, llegaría el turno de otro símbolo clásico de Pink Floyd, el cerdo volador que nació con Animals, el disco de Floyd de 1977. Así como en 2007 se preguntaba “¿Dónde está Julio López?” Esta vez Algie (así se llama) optó por un mensaje más universal, casi una orden escrita en el lomo: “Sean humanos”. En medio de este caos que es el Planeta Tierra no es de extrañar que la rebelión la encabece un chanchito impartiendo órdenes desde el cielo. ¿Tenemos los líderes que nos merecemos?

“Esta es para las madres y también para la mía”, anunció Waters y sonó “Mother”, tema que no estaba en la lista tentativa y que no hizo más que acrecentar la emoción de una noche llena de sensaciones. Fue después de hablar de Malvinas, de mostrar el poncho, de llorar con la canción de León. El final con “Comfortably Numb” y los fuegos de artificio le dieron cierre a un espectáculo único, no sólo por su envergadura, ni por el talento del artista, ni siquiera por su carisma arrollador, sino por su honestidad. Una honestidad que le escapa a la cobardía del silencio, ese que “apaña la maldad que oprime”. Si ser una estrella de rock es poder hacer lo que se te cante, después de medio siglo en la ruta, Roger Waters entendió todo y logró cantar lo que hace.

 FUENTE: Infobae Teleshow

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