Los riesgos repetidos de un nacionalista al frente de EE.UU.

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Los riesgos repetidos de un nacionalista al frente de EE.UU.

Análisis

El magnate es un extremista que apuntará a aislar a los Estados Unidos. Y su discurso no es solo retórica.

"No sos mi presidente" más un insulto, reza un cartel dedicado a Donald Trump, durante una protesta frente a  la Trump Tower, en Nueva York. / AFP

«No sos mi presidente» más un insulto, reza un cartel dedicado a Donald Trump, durante una protesta frente a la Trump Tower, en Nueva York. / AFP


El desembarco de Donald Trump en el timón de EE.UU. amontona preguntas que carecen de respuesta. Se comprende. Pero no todo debería ser una incógnita. La duda más política sobre si un extremista llegó al poder de la mayor potencia global, se disipa si se advierten las condiciones que hicieron posible su ascenso y victoria.

El peor error sería suponer que Trump es una presencia fortuita de la historia y que su retórica provocativa no llegará con él a la presidencia. Por el contrario, lo que da coherencia es justamente lo que significa. Desde este martes es el jugador más fuerte de una tendencia global que se ha esparcido destruyendo el pensamiento de la integración y la diversidad a favor de un modelo de aislamiento y unanimismo. Es como el Brexit, sin reversa y cargado de un nacionalismo radical que no cederá. La duda siguiente sobre cómo será su estilo y con qué métodos se manejará la resuelve aquella condición. El nacionalismo contiene siempre un ancho factor autoritario.

Lo que si es posible discutir es la supuesta originalidad que se atribuye a este fenómeno. No hace tanto como para olvidarlo, en el anterior gobierno republicano de George W. Bush, se afianzó una gobernanza de barreras arancelarias y creciente gasto estatal al servicio de alambrar la economía a niveles casi sin precedentes en la era moderna. Esa rueda se combinó con una unilateralidad de la potencia que convirtió en un espectro la doctrina del atlantismo, Y, como ahora amenaza Trump, redujo a la OTAN, la alianza de defensa hemisférica, a “una mera caja de herramientas” según la queja por entonces del prestigioso Instituto de Estudios Estratégicos de Londres.

En 2002, aquel gobierno “liberal” que admiraría el magnate electo, aumentó 70% los subsidios agrícolas. Y añadió otra cuota de proteccionismo con un alza de hasta 50% de los aranceles al acero para amparar la ineficiente industria acerera norteamericana. La revista The Economist se quejaba aquel año por la actitud de un hombre del cuño republicano que giraba en una dirección tan inesperada: “En los últimos meses —escribió sobre el presidente- no ha hecho más que actuar con desdén contra quienes lo elevaron a su actual posición” y citaba entre las traiciones justamente a las excesivas barreras arancelarias. Algo que, con esos modos típicos del semanario ingles, calificaba como un efecto “poco familiar” por el descontento de la derecha con el flamante presidente.

La medida de intervención tenía un primer propósito de intercambiar a Estados clave beneficios por votos en Representantes, donde la ventaja del oficialismo era mínima, o en el Senado, donde dominaba la oposición. Pero eso era la consecuencia secundaria. Al igual que ahora, aquella visión coincidía con una concepción del mundo que esta en la esencia de los sectores más rígidos del partido de Trump. La historia es un testigo elocuente.

Entre 1920 y 1923 el republicano William G. Hardin encabezó un efímero gobierno seguido tras su muerte por su correligionario Calvin Coolidge. Hardin sostenía que en las relaciones económicas internacionales, Estados Unidos solo debía vender sin adquirir absolutamente nada. Su predecesor, el demócrata Woodrow Wilson, quien desde su “new liberty” de 1912 había planteado la urgencia para formar “una nueva era social, una nueva era de relaciones humanas, una nueva sociedad económica” opuesta a la tiranía “de la riqueza concentrada”, defendía una visión mucho más realista con los deudores estadounidenses. “Si queremos hacer que Europa pague sus deudas debemos estar dispuestos a comprarles”, sostenía en palabras de un realismo que no aparece en estas horas.

Charles y Mary Beard en The Rise of American Civilization recuerdan que Hardin, además de su obstinado aislacionismo, se manifestó en favor de abrogar impuestos a los réditos, a las sobreganancias y a la herencia y transferir los gravámenes fiscales del patrimonio de los ricos a los bienes de consumo popular. Es parte de lo que esgrimió Bush, o entorno a lo que promete Trump.

Aquella experiencia que continuó Coolidge con iguales tonos grises agregó el aliento a una especulación financiera que acabaría años más tarde en la histórica crisis de fines de la década del 20. Esa pesadilla dio paso a la irrupción luego del “New Deal” de Franklin Delano Roosevelt y su consigna de que el gobierno del pueblo “debía ser más fuerte que las esferas económicas si se pretende que el poder popular fuera efectivo”. Casi el “yes we can” fallido de Barack Obama tras el tsunami de 2008 que desató Bush, si es que se quiere seguir con el juego de parecidos y diferencias.


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