Donald Trump, o la nariz apretada … aun después de votar

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Donald Trump, o la nariz apretada … aun después de votar

PANORAMA INTERNACIONAL

La onda expansiva de la victoria del magnate esta aumentando la polarización. En estas horas apenas ya hubo denuncias de maltratos

Donald Trump

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Una pequeña paradoja: el martes 8 cuando Donald Trump conquistaba la Casa Blanca, el mundo celebraba el 27 aniversario de la caída del Muro de Berlín. Desde entonces, en ese lapso, breve para la historia de la humanidad, se experimentó un contradictorio proceso. Los escombros de la pared berlinesa fueron uno de los puntapiés de la transformación globalizadora que derribó otras barreras, esencialmente las comerciales, multiplicándose los tratados que amplificaron el intercambio. Esa evolución removió, además, décadas de desconfianza hacia una integración política realmente cosmopolita que tuvo en el experimento europeo de comunidad, unidad monetaria y apertura de fronteras, su máximo hito histórico.

Ese es el mundo que ahora aparece condenado, en un curso sobre cuya profundidad testimonia la consagración del magnate republicano. Trump es un nacionalista, que admira las fronteras, y corporiza en su país la tendencia a la insularización que se ha extendido por el globo como un efecto contradictorio de aquella apertura.

People protest against U.S. President-elect Donald Trump in Miami, Florida, U.S. November 11, 2016.  REUTERS/Javier Galeano

De la mano de la integración de los mercados, hubo en simultáneo una erosión del legado del welfare de la segunda posguerra. Aquella Alemania que celebraba en 1989 el grito de libertad sobre los restos del muro, pocos años después fue la primera víctima de la austeridad. El gobierno del socialdemócrata Gerhard Shroeder, con su agenda 2000, recortó para siempre el estado benefactor, el mayor entonces en Europa, posición que desde entonces ocupa Francia, aunque quizá no por mucho tiempo más.

La desigualdad vino, así, de la misma mano de la transformación globalizadora, un desvío que, como ya hemos señalado aquí, se agudizó con la crisis de 2008 que dispara hasta hoy los mayores niveles de concentración del ingreso de la historia presente. La victoria de Trump es consecuencia coherente con esa dinámica. La deuda social amontonó masas frustradas, víctimas de ajustes que agregaron desocupación y marginalidad. Sólo basta observar que, apenas días antes del voto, los afiliados al “Obamacare”, destinado a cubrir la salud de los más carenciados, fueron sorprendidos por aumentos de dos dígitos, un ataque a ingresos ya fulminados por la presión impositiva que marcó la era de Barack Obama.

De izq a derecha Ben Carson, Newt Gingrich, Jeff Sessions, abajo, izq a derecha Rudy Giuliani, Chris Christie and Lt. Gen. Michael Flynn.

Esa cólera por la inequidad no solo allí ha sido terreno fértil para un extremismo demagógico que se ha esparcido en espacios como el europeo donde parecía haber triunfado el idealismo integracionista defendido por Jürgen Habermas o Ulrich Beck. Los latinoamericanos tenemos conciencia clara de esos procesos. Como ahora, la década de fanatismo de mercado de los 90 excluyó a amplias mayorías que fueron el caldo de cultivo de emergentes populistas mesiánicos de supuesta raigambre socialista como el chavismo en Venezuela o el kirchnerismo en Argentina, con los resultados conocidos de abuso de poder y ruina nacional. La deuda social es implacable y explosiva y no debería ser subestimada.

Lo que sucede ahora es una escala superior de esos desvaríos. La victoria de Trump potencia el nacionalismo. La celebración que Jean Marie Le Pen, el xenófobo y antisemita creador del Frente Nacional de Francia, hizo de esta novedad, liga con una posibilidad temible: que el año próximo esa fuerza neofascista alcance el poder. La onda expansiva de la victoria del magnate esta aumentado la polarización. En estas horas ya hubo denuncias de maltrato a minorías y extranjeros. El mismo fenómeno ominoso que creció en Gran Bretaña tras el triunfo del Brexit, la otra gran bandera exitosa de la nueva insularidad.

Cierta resignación frente a la llegada al poder de Trump ha promovido algunas nociones con contenidos falsos. Se especula con que los perfiles más extremos del magnate se moderarán en inversa proporción a la cercanía con el Salón Oval. El tono gentil elegido con los derrotados Hillary Clinton y Barack Obama, indicaría según esa visión que el discurso hostil de campaña solo pretendió cosechar votos sin indicar un rumbo. No es así. Trump, no dejara de ser lo que es. Los nombres que circulan sobre su eventual gabinete dan una pauta en ese sentido. Hay ahí halcones como Newt Gingrich, que le colgaba ideas y no las mejores al gobierno del endeble George W. Bush. O John Bolton, el ex embajador en la ONU de aquel presidente, que postulaba la inutilidad de ese organismo, “No hay una ONU; hay una comunidad internacional que es liderada por el único real poder que hay en el mundo y que es EE. UU.”, decía.

El ex presidente George Bush

Es importante observar esas rigideces frente a ciertas inconsistencias que asoman en la futura gestión de Trump. El magnate ha prometido una gigantesca obra pública de US$ 500 mil millones pero, al mismo tiempo, propone bajar impuestos para promover el consumo. Una cosa no va con la otra. Para fondear esos proyectos deberá atraer inversiones aumentando la tasa de interés lo que acabará enfriando la economía. Apenas un punto de aumento conlleva pérdidas de US$ 3,36 billones para el comercio. Ese efecto sería letal, además, para países que se endeudan como Argentina, porque encarecerá las obligaciones mientras la mayor fortaleza del dólar reduciría la renta de los commodities.

En ese callejón es probable que Trump imite no solo a W. Bush, sino al padre H. W. Bush quien revoleó también la magia de la baja de impuestos con su célebre “lean mis labios”, que nunca cumplió. Es un clásico que el costo de las crisis acaba repartido entre la gente. Sería ingenuo suponer que el magnate irá en contra de ese principio o que llegó para resolver las contradicciones sociales norteamericanas. Parte del establishment lo respalda, -Wall St. lo ha hecho con contundencia- porque, justamente, espera que aumente la concentración. No lo contrario.

Basrack Obama, George Bush. Dos críticos de Trump.

Hay otra dimensión grave allí. Trump llegó al poder sin arrollar. Hillary sacó 200 mil votos más que él y los demócratas, aunque minoritarios, aumentaron diputados (7) y senadores (2). Las marchas de protesta en su contra anticipan una oposición complicada aun antes de llegar a la Casa Blanca. Para sostener su popularidad, la apuesta a un mayor nacionalismo seria la respuesta más probable, en la línea que han seguido los liderazgos extremos en los que el magnate se refleja. Nacionalismo es más beligerancia adentro y afuera y la potenciación de enemigos a la carta.

Trump ha dado ya una pauta en el sentido de la cosmovisión que comparte al achacar la culpa de la ira callejera a la prensa, un anticipo del debate que viene sobre el lugar del periodismo en la nueva administración. Es decir el de las ideas y de las diferencias. Entre el fanatismo y la barbarie media un pequeño paso, a decir de Diderot. Es de esperar que Trump dude, al menos, antes de darlo. Pero nada es seguro. De eso va este presente. w Copyright, Clarín, 2016.


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